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Ciudad de Panamá (Vista desde el Casco Antiguo)

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Foto: Erasmo Prado R.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Diabetes, veinte años después.

Hola a todos! Quizás esta entrada no tenga nada que ver con las festividades de fin de año, pero les comparto este relato para reflexionar un poco sobre algo que le puede suceder a cualquier niño, joven o adulto. 

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5:00 a.m. de un día olvidado del mes de agosto del año 1994, recuerdo que eran vacaciones de mitad de año del colegio. Mis padres me tomaron de la mano y me llevaron al hospital a la velocidad que podía el auto.  Amanecía y yo no sabía lo que sucedía conmigo ni lo que hacían tantos médicos y enfermeras a mi alrrededor.  Recuerdo la lúces enceguecedoras, la cuerina fría de la camilla en donde me postraron, el dolor de la aguja insertada con afán en una de mis manos, recuerdo claramente la cara de mis padres, allí al lado mío.  Tampoco sabía que en esa extraña mañana comenzaría una nueva vida para mí.  Siendo tan niño, crecería de manera tan rápido a partir de ese momento, esa compañía silenciosa sería desde ese día lo que determinaría mi vida, mi futuro.

Diabetes Tipo 1.  El diagnóstico del doctor fue totalmente irrevocable e implacable, ya se había manifestado y tenían que comenzar a medicar el cuerpo de un niño que aún iba en pantalones cortos al colegio. Todo cambiaría. Luego de una extensa charla con el médico y mis padres, solo me acogía a seguir al pie de la letra lo que ellos me dijeran, era mi vida la que ponía en esos momentos en manos de quienes en más confiaba.  Con el tiempo, tendría que aprender a tener mi vida en mis manos, o en todo caso en las de alguien más (por eso de las emergencias).  En ocasiones resultaba difícil observar a mis compañeritos del colegio empalagarse con tantos dulces podían comer, mientras yo bajaba mi vista dirigiéndola a las frutas, vegetales, los emparedados sin muchos aderezos, y productos con etiquetas que decían "light", bajo en grasa, sin azúcar; tenía que comenzar a creer que esa era comida sana, la que me acompañaría por siempre.

Dos meses después tuve que aprender a inyectarme solo.  Es acto íntimo entre la jeringuilla, la insulina y mi piel desde ese momento se convertirían en la imagen repetida dos, tres y hasta cuatro veces al día.  Fue durante un viaje a una provincia del país, y mis abuelos no se atrevian a poner sus manos sobre ese instrumento que me proporcionaría mi "licencia" para seguir (por llamarlo de algún modo). Tratando de llevar una vida normal seguía con mis clases en el colegio.  La secundaria se convirtió en un campo de guerra entre las actividades en las que tanto participaba y lograr el balance con la alimentación y los medicamentos; afortunadamente salí victorioso y superé muchísimas pruebas y vencí  a varios intentos de hipoglicemia, aunque los ojitos de algo peor en ocasiones me miraban seduciéndome: la descompensada, indeseable, buscada y tentadora hiperglicemia.

Citas médicas, controles, receteas, cambios de dosis, nuevas insulinas, uno que otro resfriado, cuidados con la comidas, etc., cada cosa nueva, cada cosa rutinaria, todo se iba conjugando con el propósito de no tener complicaciones en mi vida adulta. Poco a poco el tiempo se consumía, pasaba más rápido y tenía que adaptarme a sus requerimientos: universidad, trabajo, transporte, los tranques infernales, el clima, los amigos, noches enteras sin dormir por estar estudiando, la familia... la familia.  A los pocos años de mi diagnóstico, a mi hermana le llegaba la diabetes, me correspondía entonces compartir con ella todo lo que yo había estado aprendiendo.

25 de julio de 2003.  Su pérdida fue algo desgarrador. Meses antes, las complicaciones se agravaron, producto de sus propios malos cuidados.  Durante ese tiempo muchos de mi familia nos turnábamos para cuidar el cuerpo de una persona que prácticamente ya no podía caminar ni sostenerse dentro de su propio espacio.  Era un final casi que anunciado, duele y entristece decirlo, pero así fue.  Diabético desde los 18 años, mi madre fue su apoyo, sostén y motor de empuje para no caer en las tentaciones que después llevarían su partida. Pero ya era tarde, y al momento de despedirlo le di las gracias por todas sus enseñanzas y por todo su amor.  Se iba mi padre, mi compañero y mi amigo. Dentro de nosotros queda todo su cariño, su amor y su afecto.

Han pasado los años y he tenido que ir aprendiendo más sobre cómo vivir siendo diabético.  Ya había pasado las etapas del reconocimiento de la enfermedad, los momentos íntimos entre ella y yo cuando golpeaba fuerte con los síntomas de azucar baja o alta, vivir las complicaciones que ella puede causar en mi, y en los demás también.  He tenido que hacer de profesor en varias ocasiones y a muchos de los que me rodean les he explicado que para mí la diabetes no es una enfermdad como tal, sino una forma más saludable de vivir, con la ayuda de algunos medicamentos y atendiendo a las prescripciones médicas.

Hoy soy un profesional exitoso. Soy abogado, soy artista, escritor y poeta.  Comparto mi vida con aquellas personas que más quiero, y entrego mi corazón a quien se lo merece.  Agradecido con el eterno apoyo de mi madre y de mi hermana, voy por la vida en los caminos del bien que se me hayan designado, porque soy de los que piensa que para todo y para todos ya existe un plan previo, algo escrito de cómo será nuestra estancia en este mundo. Transcurre el tiempo y recuerdo todo lo que he vivido y las personas que han estado a mi lado, y concluyo que nada ha sido en vano.  Veinte años después, soy diabético y viviré por muchísimos años más.
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Ya saben, a cuidarse mucho.  ¡Felices fiestas y muchos éxitos para el año que viene!